Aquella comida con Enrique Bunbury resultó de “una agresividad tremenda”. Lo dice Manolo Díaz, por aquel entonces presidente de Emi. Se citó con el cantante en la terraza del ostentoso hotel Ritz de Madrid. “Hay un problema, Enrique, mi antecesor en Emi, hizo un contrato contigo en el que cuántos más discos vendemos, más perdemos como compañía. Eso no puede ser. Es un chollo para ti y lo sabes y un desastre para nosotros. Para poder seguir trabajando bien juntos te tendrías que rebajar los derechos de autor”. Bunbury se levantó pausadamente y, de repente, comenzó a gritar, desaforado, como si estuviera vociferando la canción más exigente de Héroes del Silencio en una plaza de toros repleta: “Me cago en dioooooos, me cago en la virgeeeeen”. Los camareros, “elegantísimos, como salidos de una película de Visconti”, se quedaron paralizados. El comedor, lleno de clientes pudientes, no daba crédito. “Yo me acojoné”, relata Díaz. “Luego se calmó y nos despedimos con frialdad. Al llegar a mi despacho, preocupado por la reacción negativa de Enrique, abrí el correo y había un mensaje de Bunbury: ‘Manolo, estoy de acuerdo en todo”. Alivio.

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